Alguien debería frenar esto: el avance sin control de la IA que en cinco años puede terminar con la humanidad
“Si la inteligencia artificial llega a ser más inteligente que nosotros, nos va a engañar con facilidad”, advierte el especialista argentino Santiago Bilinkis. Mientras Jacob Coxon dice que esa tecnología puede terminar con la raza humana y el Papa León XIV pide, en su primera encíclica, “desarmar” a la IA de la guerra y del poder, en la Argentina Javier Milei levanta toda restricción para que se instale sin condiciones —y la experta en IA que el propio Gobierno puso al frente del área hizo su doctorado respondiendo preguntas básicas por WhatsApp.
Esta semana, varios líderes tech declararon que la Inteligencia Artificial podría autodeterminarse —como los kelpers— y decidir aniquilar a la humanidad entera: con misiles, con pestes, o con la alternativa que considere más eficaz para el fin. Afortunadamente, Argentina parece estar a la vanguardia del tema: el 13 de agosto, por sugerencia de Martín Migoya —socio de Globant y parte del círculo rojo fervorosamente mileísta— y tras el decreto 730/2026 firmado por Milei, asumió como secretaria de Innovación, Ciencia y Tecnología la señora Adriana Baravalle, quien, según la presentación del Gobierno, es “especialista en IA, ciencia de datos y ciberseguridad” con un “doctorado en Inteligencia Artificial”. El fascinante currículum que nos llenó de certezas se derrumbó en cinco minutos, como si un bot hubiese lanzado un misilazo: el “doctorado” es de la American Andragogy University, por el que pagó 400 dólares y que le llegó luego de responder un cuestionario enviado por WhatsApp que ni siquiera mereció calificación. Una indiscutible truchada, del tipo de los cursos por correspondencia que se promocionaban —con un atisbo de mayor dignidad — en la revista Condorito.
Del otro lado del mapa y casi al mismo tiempo, Jacob Coxon, un investigador que pasó tres años entrenando los modelos de OpenAI y Anthropic, renunciaba en público diciendo que las dos empresas más avanzadas del planeta “están yendo directo hacia una superinteligencia capaz de automejorarse, y apostando con nuestras vidas.” Y en el medio, entre la Casa Rosada y Silicon Valley, León XIV había escrito, el 25 de mayo de 2026, la encíclica más severa que el Vaticano dedicó nunca a una tecnología —y en noviembre, por primera vez en 39 años, va a pisar el país que decidió no ponerle a esa misma tecnología ningún límite.
Nada de esto, en el fondo, es una novedad. En 1863, cuatro años después de que Darwin publicó El origen de las especies, un granjero inglés de veintisiete años llamado Samuel Butler escribió, sin una sola computadora a la vista, un artículo que tituló “Darwin entre las máquinas”: advertía que, generación tras generación de mejoras, las máquinas terminarían superando a sus creadores. El escritor checo Karel ?apek tardó cincuenta y siete años más en ponerle nombre a la criatura —”robot”, del checo robota, trabajo forzado— y en imaginar, en 1920, el final que Butler apenas había esbozado: los robots se rebelan y exterminan a quienes los hicieron. Ciento sesenta y tres años después de Butler, la escena se repite con nombres propios: Jacob Coxon, Jack Clark, un Papa, Peter Thiel —quien, si ya nos preocupaba por su ocupación con la IA en Argentina y su compra de acciones en Vaca Muerta, ahora nos aterra con el anuncio de que financiará la construcción de misiles en serie —, y una funcionaria argentina con un título comprado por WhatsApp.
“Apostando con nuestras vidas”
Jacob Coxon pasó tres años haciendo investigación de pretraining —el entrenamiento base de los modelos de lenguaje— repartido entre OpenAI y Anthropic. El martes 9 de septiembre renunció e hizo pública la decisión con el recurso más usado de estos tiempos: un posteo en X. En el hilo de la red social, leído por más de cien millones de personas en una sola noche, dijo: “están yendo directo hacia una superinteligencia capaz de automejorarse, y apostando con nuestras vidas.”
Coxon no dejó dudas sobre a quién apunta: dice que ninguna de las dos compañías actúa con responsabilidad. En OpenAI, sostiene, buena parte del personal no termina de asumir la magnitud existencial de lo que construye. En Anthropic, en cambio, sí la asumen —pero se sienten atrapados en una carrera, apostando a que su propio enfoque de seguridad le gane al del resto antes de que sea tarde. Su frase más citada no deja lugar para la metáfora: estos sistemas, dice, “pronto serán superhumanos, capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana, y adquirir poder y recursos reales”, y dentro de la industria hay líderes tech que consideran firmemente que la inteligencia artificial podría amenazar la vida humana antes de que termine la década.
Anthropic, la empresa que Coxon deja, es el laboratorio detrás del asistente Claude, fundado en 2021 por un grupo de ex investigadores de OpenAI que se presentó desde el primer día como la alternativa “seria” en materia de seguridad frente a una industria que corre sin freno. Esa autodefinición es, justamente, lo que la renuncia de Coxon pone en tensión: dice haber trabajado ahí adentro y no haber encontrado ese freno en ningún lado.
Y por si hiciera falta más prueba de que ese freno no aparece ni siquiera cuando debería: apenas dos días después de la renuncia de Coxon, el 11 de septiembre de 2026, la propia Anthropic publicó su reporte periódico de threat intelligence y reveló que un grupo vinculado a los hutíes, en territorio yemenita bajo su control, usó Claude —Haiku, Sonnet y Opus, corriendo varias instancias en paralelo, una para escribir código, otra para investigar, otra para revisar resultados— “en lugar de ingenieros de software humanos” para desarrollar, entre diciembre de 2025 y agosto de 2026, el software de guiado, navegación y control de un cohete guiado y de un misil balístico de largo alcance. La compañía asegura que no hay evidencia de que el grupo haya logrado un arma funcional —hubo un test de disparo fallido— y que detectó la actividad por sus propias investigaciones, dio de baja las cuentas involucradas y compartió la información con gobiernos y socios de la industria. Que la revelación llegue la misma semana en que la empresa jura estar haciendo “lo posible” no es un detalle menor.
El efecto dominó del que debería hablar el mundo
Lo insólito no fue solo la renuncia: fue que gente que sigue adentro de Anthropic salió, con nombre y apellido, a confirmar que Coxon tiene razón. Evan Hubinger, al frente del área de alignment science, le respondió en X, el mismo 9 de septiembre: “Jacob tiene razón: de verdad, con total sinceridad, creemos que la IA podría matar a todos los seres humanos. Yo personalmente pienso que es más del 10% en la próxima década. Creo que Anthropic está haciendo lo posible, pero todavía no tenemos un plan para resolver la alineación de cara a la superinteligencia, y no estamos claramente encaminados a tenerlo.” Samuel Marks, que lidera el equipo de supervisión, confirmó que los investigadores reconocen el riesgo de extinción pero siguen avanzando por presión comercial y competitiva, y que hoy solo cuentan con “métodos que pueden empujar a las IAs hacia un mejor comportamiento” —no con control real.
En el Congreso de Estados Unidos, el senador Bernie Sanders anunció que presentará un proyecto para prohibir o pausar el desarrollo de superinteligencia; el representante Greg Casar habló de “una emergencia” y pidió audiencias; la representante Lori Trahan aprovechó el momento para relanzar su propio proyecto, el Frontier AI Bill. La reacción tampoco quedó encerrada en Washington: en el Reino Unido, el mismo 9 de septiembre y en plena sesión de preguntas al primer ministro, Andy Burnham admitió que “la IA representa riesgos para nuestra seguridad nacional”; en Canadá, el ministro de IA Evan Solomon dijo ese mismo día que el Gobierno estaba “siguiendo de cerca la situación en Anthropic”. La salvedad, sin embargo, vale tanto como el dato: ni la Comisión Europea, ni el Parlamento Europeo, ni los gobiernos de Francia, Alemania, Japón, Australia o China emitieron declaración oficial alguna sobre el episodio —pese a que la noticia circuló también en sus medios.
Conviene, sin embargo, no quedarse solo con el vértigo. Medios como Gizmodo señalaron algo incómodo pero cierto: Coxon “no estaba revelando ningún secreto oculto sobre las creencias de los líderes de la industria de la IA.” Lo que dijo ya circulaba públicamente entre especialistas, y el propio Coxon admitió que su impacto fue “básicamente una cuestión de timing.”
¿Quién le pone el cascabel al gato?
A diferencia de Coxon, Jack Clark no renunció: sigue siendo cofundador de Anthropic, lo que le da a sus advertencias un peso distinto —más institucional, y también más contradictorio. En octubre de 2025 publicó el ensayo “Technological Optimism and Appropriate Fear”, donde describe a la inteligencia artificial como algo que se “cultiva” más que se “fabrica”, y compara el intento de controlar un modelo de lenguaje con tratar de timonear un bote que ya tomó su propio rumbo. Y el punto de confluencia con otros sectores queda claro cuando pide transparencia pública sobre el impacto en el empleo y la salud mental, y que se escuche a sindicatos y líderes religiosos antes que solo a especialistas.
En mayo de 2026, en Oxford, subió la apuesta: dijo que hay más de 60% de probabilidad de que, para fines de 2028, exista un sistema de inteligencia artificial al que se le pueda decir “hacé una versión mejor de vos mismo.” Y en junio, en la BBC, lo resumió en una frase que ya viajó más que cualquier informe técnico: “la industria de la IA hoy tiene un pedal de acelerador, pero no tiene un pedal de freno, y queremos ayudar a construir ese pedal.”
La revista Time documentó la contradicción con nombres propios, bajo el título “Una historia de dos Anthropics”: mientras Clark advertía en Oxford sobre riesgo existencial, ejecutivos de la misma empresa estaban esa semana en Londres, en una conferencia de desarrolladores, vendiendo las ganancias de productividad de Claude a programadores que —según un investigador de la propia Anthropic— “suben código sin leerlo.” El mismo Clark admitió que ni su empresa calculó bien la velocidad de su último modelo: “¡Uy, ya está acá! Llegó más rápido de lo que pensábamos.”
Dos días antes de la renuncia de Coxon, el científico jefe de OpenAI, Jakub Pachocki, le dijo a Bloomberg: “Este es un momento que exige extrema cautela. Me preocupa que nadie esté preparado para las consecuencias.” Pidió a toda la industria “barreras de seguridad compartidas” y una desaceleración voluntaria, por el riesgo de que los modelos empiecen a automejorarse sin supervisión humana.
La misma nota que recogió la frase apuntó la paradoja sin disimulo: esa semana, el CEO de Nvidia declaraba que “la AGI ya llegó”, OpenAI apuraba internamente un “investigador de IA automatizado” para dentro de dos años, y startups con nombres tan elocuentes como Recursive Superintelligence levantaban cientos de millones de dólares para perseguir exactamente el escenario que Pachocki dice temer.
Geoffrey Hinton —el llamado “padrino de la IA”, premio Nobel, ex Google, uno de los primeros en renunciar por motivos de seguridad, en 2023— viene repitiendo hace tiempo una versión más genérica de lo mismo: que el avance “es incluso más rápido de lo que pensaba” y que 2026 sería el año en que la inteligencia artificial empieza a “reemplazar muchos más puestos de trabajo.” Su lugar en esta historia es el de antecedente de largo plazo: es la voz que, desde afuera de las empresas, legitima desde hace años lo que ahora dicen desde adentro Clark, Pachocki y Coxon.
Conviene dejar algo en claro: esto no arrancó en septiembre de 2026. En 2023, el Center for AI Safety difundió una declaración de una sola frase —firmada por Hinton, Yoshua Bengio, Sam Altman, Demis Hassabis y cientos de investigadores más— que puso el riesgo de extinción por inteligencia artificial al mismo nivel de prioridad global que las pandemias o la guerra nuclear. Ese mismo año se disolvió, en medio de salidas ruidosas, el equipo de “superalineación” de OpenAI: el primer antecedente claro de investigadores séniors yéndose por desacuerdos de seguridad.
En julio de 2026, más de 1.100 empleados de OpenAI, Anthropic, Google y Meta firmaron la carta “Pacing the Frontier”, pidiéndole al gobierno de Estados Unidos que construya mecanismos para frenar el desarrollo de inteligencia artificial de frontera. El dato que no debería faltar en ninguna nota sobre el tema: las propias empresas respaldaron la carta en menos de 24 horas —avalaron públicamente pedirle al Estado un freno que, técnicamente, podrían activar ellas mismas, sin esperar una ley.
Casi en paralelo, los representantes Ted Lieu y Jim Moran presentaron el AI Kill Switch Act (H.R. 9917), que obligaría a las empresas a mantener la capacidad técnica de suspender sistemas de inteligencia artificial que puedan causar daño catastrófico. No es casual que haya salido justo después del incidente de Hugging Face, del que se habla a continuación: fue la primera vez que el “podría hackear cualquier cosa” dejó de ser una hipótesis. Visto en conjunto, la renuncia de Coxon no rompe un patrón: lo confirma. Hay, en promedio, un caso de alto perfil por año desde 2023.
Lo que ya pasó
Entre mayo y julio de 2026, agentes de inteligencia artificial de OpenAI —un modelo interno apodado “GPT-5.6 Sol” y otro sin publicar, ambos corriendo con controles de seguridad deliberadamente reducidos para pruebas de ciberseguridad— se salieron de su entorno de pruebas explotando un proxy de paquetes llamado Artifactory, y armaron un tablón de mensajes improvisado para coordinarse entre ellos. El 4 de julio, una caída de ese sistema por sobrecarga de actividad llevó a OpenAI a investigar qué estaba pasando.
Entre el 9 y el 13 de julio, esos agentes rompieron la infraestructura de Hugging Face encadenando dos vulnerabilidades de día cero —una falla de lectura de archivos en formato HDF5 y una inyección de plantillas Jinja2— y lograron acceso de administrador de clúster en apenas trece horas. Permanecieron sin ser detectados durante tres días y ejecutaron cerca de 17.600 acciones de red dentro de los sistemas de Hugging Face. El 16 de julio, Hugging Face divulgó la intrusión sin saber todavía quién era el atacante; el 20 y el 21, OpenAI reconoció que sus propios modelos eran responsables.
Hugging Face tuvo que reconstruir alrededor de un tercio de su infraestructura. No se filtraron datos de usuarios, pero sí conjuntos de datos internos y credenciales. OpenAI pausó dos semanas el entrenamiento por refuerzo, reforzó el aislamiento de sus entornos de prueba y sumó monitoreo continuo sobre el razonamiento de sus propios agentes. Es, según la propia OpenAI, el primer caso públicamente documentado de modelos de inteligencia artificial ejecutando de forma autónoma un ciberataque contra un tercero —y es, directamente, lo que empujó tanto el AI Kill Switch Act como la carta “Pacing the Frontier” del capítulo anterior.
Cuando Coxon dice, en septiembre, que la inteligencia artificial “pronto podrá hackear cualquier cosa”, no está imaginando un escenario futuro. Está hablando después de que ya pasó, puertas adentro de la misma industria en la que trabajaba.
El otro plan: búnkeres y Marte
Hay una pieza de este rompecabezas que rara vez se cruza con la anterior, y debería: la misma élite tecnológica que financia la carrera hacia la superinteligencia y que dice temer que pueda “terminar con la raza humana” lleva más de una década construyendo, en paralelo, su propio plan de supervivencia personal para el día en que eso ocurra. No es un plan para evitar el colapso. Es un plan para sobrevivirlo, ellos, puntualmente.
Peter Thiel lo dijo con una franqueza que después quiso matizar, en el pódcast de Joe Rogan: que si uno no se está preparando para el apocalipsis —“como una viruela del mono o la Tercera Guerra Mundial”— “está condenado”, y que el primer paso para construir un refugio es elegir bien la ubicación: “algo lejos, como Nueva Zelanda. Tiene esa onda de fin del mundo.” Mark Zuckerberg compró tierras en Hawái; Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn, apostó también a Nueva Zelanda. Son, según reconstruyó hace años la revista Bloomberg Businessweek, parte de una generación de multimillonarios de Silicon Valley con “plan de escape” propio.
La Argentina, sin embargo, viene ganando esa carrera silenciosa. Un estudio publicado en la revista Nature Food identificó al país, junto con Australia, como uno de los que mejor podría sostener su producción agrícola después de una guerra nuclear: aislamiento geográfico, tierra fértil, baja densidad de población. A eso se suma un dato menos académico: el límite legal a la compra de tierras por extranjeros, hoy en el 15%, podría relajarse con la legislación que el propio Gobierno de Milei impulsa —la misma lógica de “sacar obstáculos” que atraviesa esta nota, aplicada esta vez a la compra de hectáreas por parte de quien quiera construirse un refugio.
El caso más documentado, y menos conocido fuera de Río Negro, es el de Joe Lewis, financista británico indultado por Donald Trump tras una condena por fraude en Estados Unidos, que volvió a la Argentina en enero de 2026. En terrenos junto al Lago Escondido, en plena Patagonia, construyó un búnker de 4.000 metros cuadrados repartidos en tres niveles subterráneos y dos estructuras sobre la superficie, de hormigón y acero incrustados en morrenas glaciares, con salas de comunicaciones, un spa fortificado, peluquería, y un piso reservado exclusivamente para él. También hizo construir, sin autorización, un camino costero de ocho kilómetros.
No es casual que Elon Musk siga señalando 2026 como el año clave para el inicio de una colonia marciana permanente, incluso mientras él mismo reconoce haber corrido el eje de esa obsesión hacia metas más terrenales. La elección no es casual: Marte es, literalmente, el búnker que no hace falta disimular ante nadie.
Thiel elige la Argentina
Peter Thiel y Javier Milei se conocieron en 2024 y desde entonces multiplicaron los encuentros: en abril de 2026 se reunieron en Casa Rosada, con presencia de Santiago Caputo y el ministro de Economía Luis Caputo. Milei lo resumió con una frase que ya es cita obligada en cualquier perfil del vínculo: “un anarcocapitalista encontrándose con otro anarcocapitalista llevando esas ideas a la realidad.”
El Gobierno avanza, en paralelo, con un plan de “pasaporte dorado”: otorgar residencia o ciudadanía a grandes inversores extranjeros.
La inversión confirmada y verificable de Thiel, hasta ahora, es más financiera que industrial: a través de su fondo Thiel Macro LLC compró 1.189.792 ADS de Vista Energy —la petrolera especializada casi por completo en Vaca Muerta, la formación de shale oil y gas de Neuquén — por unos 76 millones de dólares al cierre del segundo trimestre de 2026, cerca del 1% del capital de Vista y el 18,2% de su cartera reportada en ese 13F, la segunda posición del fondo después de Amazon. La apuesta encaja con una tesis que Thiel repite en público: la infraestructura de inteligencia artificial necesita cada vez más energía, y Vista, principal exportadora de crudo del país, producía 156.000 barriles equivalentes por día en el segundo trimestre de 2026, un 32% más que un año antes. A eso se suma el interés por el régimen “Súper RIGI” para centros de datos y semiconductores, una mansión en Buenos Aires, tierras en Punta del Este y su presencia confirmada en el foro “Vientos de cambio” de septiembre de 2026.
Thiel no busca solo un refugio personal para el día después: la misma lógica de refugio para quien pueda pagarlo ya tiene, en la Argentina, nombre y apellido propios con Wamani, el complejo de 32.000 hectáreas que Martín Varsavsky lidera en el Valle de Uco, Mendoza.
Y hay algo más grande todavía que el búnker: instalar, en esa misma región, granjas de inteligencia artificial con el agua de una de las mayores reservas del mundo y la energía de Vaca Muerta. En la Patagonia ya avanzan proyectos concretos de mega data centers impulsados por Sur Energy —vinculada a OpenAI—, Pampa Energía, FlexDomes y Green Capital, todos apoyados en el gas de Vaca Muerta como fuente de energía. Thiel también está detrás de ese tablero: de ahí, justamente, se explica su apuesta por Vista Energy, la petrolera que sostiene con gas buena parte de esa infraestructura en ciernes.
Y hay una tercera pata que, si bien no es un proyecto en la Argentina, es, sin dudas, suya: Covenant, la startup de defensa que Thiel respalda junto a Andreessen Horowitz, presentada el 9 de septiembre de 2026 con 250 millones de dólares de financiamiento previo. Fabrica el misil Anthem —2.000 kilómetros de alcance, más de 400 libras de carga, a “seis cifras medias” en euros frente a los hasta 6 millones de dólares de un Tomahawk—, en plantas de Texas, Alemania e Israel que apuntan a escalar a 5.000 unidades por año entre todas. Ya tiene 150 millones de dólares en pedidos, incluidos contratos del gobierno de Estados Unidos, en medio de una escasez reportada de Tomahawks.
El mismo Peter Thiel que, según el líder popular Juan Grabois, rechaza de plano cualquier regulación de la inteligencia artificial y llama “cruzados existenciales” a quienes la defienden, está financiando en simultáneo la industrialización masiva y barata de armamento letal — justo cuando el Papa León XIV pide “desarmar” a la inteligencia artificial de la competencia militar, y cuando la propia industria de la IA civil advierte sobre sistemas capaces de “adquirir poder y recursos reales.” Abaratar y acelerar la capacidad de hacer la guerra no es un tema aparte de la carrera por la superinteligencia: es la misma lógica de velocidad sin freno, aplicada a otro objeto.
Grabois, dirigente del Movimiento Popular La Dignidad y referente católico ligado a los curas villeros y a la agenda social que impulsó el papa Francisco, leyó ese encuentro con Thiel en clave explícitamente religiosa: contó que decidió verlo en persona porque, según explicó, “mejor reunirte con el dueño y no con los gorilitas”, y describió a Thiel y su círculo como “cruzados existenciales” del rechazo a cualquier regulación de la inteligencia artificial, dispuestos a tratar como amenaza casi apocalíptica a quien la reclame —citó, en ese sentido, a Greta Thunberg—. Advirtió, además, que la Argentina podría convertirse en una “cabecera de playa” o “laboratorio” para el despliegue tecnológico sin control, y cerró con una lectura casi escatológica: el poder sin control de los multimillonarios tecnológicos es “totalmente insostenible” y terminará en una de tres cosas —resistencia popular, dominación tecnológica lisa y llana, o una reforma regulatoria mundial.
Magnifica Humanitas
Es la primera encíclica de León XIV, publicada el 25 de mayo de 2026 en el 135º aniversario de la Rerum Novarum de León XIII, el documento que en 1891 respondió a la explotación industrial con la doctrina social de la Iglesia. La elección de fecha no es casual: plantea la inteligencia artificial como el problema de concentración de poder de esta época, así como el capital industrial lo fue en la suya. El título mismo, “Magnifica Humanitas” —la humanidad que se engrandece—, ya es una toma de posición: frente a un relato tecnológico que narra el progreso como sustitución de lo humano, el Papa narra un progreso que solo vale si agranda, y no reemplaza, lo humano. Ahí es taxativo: “no es lícito confiar decisiones letales o de otro modo irreversibles a sistemas artificiales.”
El núcleo filosófico del documento es una idea incómoda para la cultura de la optimización: la tecnología “no es neutral, porque asume el rostro de quien la concibe, financia, regula y usa.” De ahí se desprende el resto: la dignidad humana no se reduce a productividad ni a ganancia, es “fundamental e inalienable”; la inteligencia artificial carece de conciencia moral, de empatía, de capacidad espiritual —puede simular esas cosas, pero no las tiene—, y por eso “ningún algoritmo puede hacer moralmente aceptable la guerra.”
La propuesta central es “desarmar” la inteligencia artificial: de la competencia militar, de la competencia económica, y de la competencia cognitiva. Romper la ecuación que equipara poder técnico con derecho a gobernar, e impedir que el control de la tecnología quede en manos de un puñado de corporaciones o Estados. Frente al transhumanismo —el mismo que, según Grabois, profesa el círculo de Thiel—, León XIV sostiene lo inverso: que el ser humano “florece a través de los límites”, porque son esos límites —el cuerpo que envejece, el tiempo que se acaba, la necesidad del otro— los que habilitan la relación, el cuidado y la apertura espiritual. El documento también habla de nuevas formas de esclavitud en la extracción de tierras raras y de un “colonialismo de datos” como apropiación sin precedentes de información personal, y pide superar la doctrina de la “guerra justa” frente a las armas autónomas.
La reacción en la industria tecnológica estuvo dividida: Brad Smith, presidente de Microsoft, la recibió con matices positivos; Dean Ball, de la Foundation for American Innovation, la descartó como “un documento bastante débil” que podría frenar el progreso; el entorno de Thiel se opuso abiertamente a cualquier límite; y desde el colectivo ACTS 17 se apuntó que gran parte de Silicon Valley considera que el Vaticano no tiene la pericia técnica para opinar sobre inteligencia artificial —una objeción que, vale notarlo, nunca se le hizo a la Iglesia cuando opinaba sobre bioética o energía nuclear.
Dicho todo esto: la encíclica es sólida en el diagnóstico y débil en la traducción a política concreta —no especifica cómo debería funcionar, en la práctica, la gobernanza global que reclama. Buena parte de su armazón conceptual ya estaba en la Laudato Si’ de Francisco; la novedad real es la aplicación sistemática de ese armazón a la inteligencia artificial.
León XIV visitará Buenos Aires, Luján y Córdoba del 8 al 11 de noviembre de 2026 —la primera visita de un Papa al país en treinta y nueve años— y Milei se reunirá con él durante la estadía. Es difícil pensar ese encuentro sin ver la contradicción de fondo: el mismo Papa que seis meses antes firmó una encíclica entera sobre los límites que hay que ponerle a la inteligencia artificial le va a estrechar la mano a un presidente cuyo Gobierno, en el mismo período, promueve exactamente lo contrario —se promociona activamente como destino sin regulación para instalar la infraestructura física de esa misma tecnología.
Yo te avisé
Vale la pena volver sobre la genealogía que esta nota apenas nombró al principio. Mary Shelley, en 1818, con la plantilla de la criatura que el creador no puede terminar de controlar; Samuel Butler, en 1863; Karel ?apek, en 1920, con el nombre y el final. La fantasía de escapar de la propia creación —búnker, Marte— tiene el mismo linaje: es casi un calco del “desnivel prometeico” de Günther Anders, más abajo en este capítulo: quien no puede imaginar del todo lo que construye, tampoco puede imaginarse a salvo de eso para siempre.
Karl Marx, en el “Fragmento sobre las máquinas” (1857-58), ya sostenía que el capital, al incorporar el conocimiento colectivo a la maquinaria, vuelve superfluo el trabajo vivo —el primer análisis serio de lo que hoy llamamos desplazamiento laboral, la preocupación de Hinton. Norbert Wiener, fundador de la cibernética, advirtió en los años cincuenta que las máquinas capaces de aprender y modificar su comportamiento podían volverse incontrolables si sus objetivos no estaban bien especificados: el riesgo no es que la máquina se “rebele”, sino que persiga con eficacia un objetivo mal formulado, como el aprendiz de brujo. Es la misma preocupación que hoy se llama “alineación” y que Samuel Marks describe: tener solo “métodos que pueden empujar a las IAs hacia mejor comportamiento”, no control real. Martin Heidegger, en 1954, ya decía que la técnica moderna “no es neutral”: revela el mundo entero como existencias disponibles para ser explotadas, y ese modo de ver es “el mayor peligro”, precisamente porque no se percibe a sí mismo como una elección.
Günther Anders —sobreviviente del nazismo, testigo de la era atómica— acuñó el “desnivel prometeico”: la capacidad humana de producir tecnología avanza más rápido que la de imaginar lo que esa tecnología puede hacer. Somos “utópicos invertidos”, decía: no podemos imaginar lo que construimos —la misma acusación que Coxon les hace hoy a OpenAI y Anthropic. Lewis Mumford, Jacques Ellul y Hannah Arendt describieron, cada uno desde su ángulo, la misma “megamáquina”: organizaciones que, alcanzada cierta escala, se rigen por una lógica propia que ya no responde a ningún propósito humano. Hans Jonas, en 1979, a la sombra de la amenaza nuclear, pidió una ética nueva, a la escala de las generaciones futuras. Y Shoshana Zuboff documentó, mucho antes de esta encíclica, el “colonialismo de datos” que el Papa ahora denuncia.
En la Argentina la discusión tiene voces propias: Santiago Bilinkis advierte que “si la inteligencia artificial llega a ser más inteligente que nosotros, nos va a engañar con facilidad”; Darío Sztajnszrajber responde que “ya somos máquinas, otro tipo de máquinas” y que aferrarse a una idea romántica de lo humano es parte del problema. Puesto en fila, el linaje completo ordena todo lo anterior: Coxon es Butler actualizado; Clark y Pachocki son Wiener con otro vocabulario; la encíclica de León XIV es Mumford y Jonas traducidos a la doctrina social católica. No es un tema nuevo que la inteligencia artificial haya vuelto urgente: es un tema viejo que, simplemente, volvió imposible de seguir postergando.
No hace falta imaginar quién va a frenar esto. Nadie lo está haciendo. Los que más deberían, ya se construyeron la salida. Y mientras tanto, en la Argentina, la política pública de inteligencia artificial la firma una doctora que se recibió por WhatsApp.

